“Cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado, da dolor…”
Eso dijo en el siglo XV Jorge Manrique. Es verdad que lo dijo reflexionando sobre la muerte en general, sobre la de su padre en particular y como la vida pasa tan deprisa, tan sin sentir, tan embebidos como estamos en nuestros cuidados, nuestras cuitas, nuestras dichas y demás, pero esta mañana, al sonar el despertador, es lo que me ha venido a la cabeza, aunque aplicándolo a una situación concreta de mi vida particular.
Dos reflexiones tangenciales:
Primera: Cuántas cosas pasaron en el siglo XV, que cada dos por tres lo traemos a colación. Es el siglo del primer Renacimiento, el Humanismo, el fin de la guerra de los Cien Años, los Tudor, los Reyes Católicos, Durero y Brunelleschi, los primeros grandes descubrimientos geográficos… El fin de la Edad Media. Segunda: Qué movida levantarse por las mañanas y que lo primero que te venga a la cabeza es un poema elegíaco del siglo XV. ¿Es prueba concluyente de que algo no anda bien?
Volvamos a los placeres temporales. En realidad yo no lo pensé porque estuviera reflexionando sobre la mortalidad, ni propia ni ajena (aún conservo esa parte adolescente, sigo sin pararme a pensar demasiado en la finitud de mi existencia o de la de los demás), si no porque mis cuatro días de ausencia laboral me han sabido muy a poco. Como las frutas pequeñas y silvestres, ha sido un gran placer que se ha convertido en recuerdo demasiado deprisa. (Sobre las frutas del bosque como símbolos alegóricos del placer, y más aún del placer carnal, les ruego se fijen en la sobreabundancia de las mismas en “El Jardín de las Delicias” de El Bosco, pintado en los primeros años del siglo XVI.)
¿Y de lo demás? Pues bien. Supongo. No sé. Pasan cosas. Como que Gwydion vuelve a ejercer de tito Gwydion y se ríe de mis escotes. Normal, supongo. Hace demasiado que no coincidimos y él siempre me ha visto disfrazada de butch, así que las fotos que subí a feisbúc le han sorprendido un poco. Textualmente me dijo que “no me conocía esos escotazos”. Cómo pasa el tiempo, ¿ne? Ya casi se me olvida mi vida entonces, el mundo y el tiempo de entonces, se desdibujan los detalles y todo aparece lejano y neblinoso, quizás cubierto del polvo de los recuerdos viejos. Ah…
También podemos pararnos a pensar en la falta de creatividad de la gente. Algunas personas la tienen tan mermada que se ven obligadas a copiarme a mí. A mí, entre todas las personas del mundo. No sé. No me creo tan especial como para que nadie intente imitarme. Soy imprefecta y sumamente aburrida (aunque haya gente que me considere interesante, cosa que me halaga lo indecible, pero es porque es gente que me importa y de la que valoro la opinión), así que no entiendo a qué viene. No sé. Puestos a admirar, e imitar, mejor que se busquen otros modelos más dignos de tales atenciones. Por mi parte, yo admiraba, y admiro, a aquel profesor de Teoría de la Literatura. Envidiaba su forma de escribir, su inteligencia y su cultura, pero nunca se me ocurrió imitarle. En fin… Será que, pese a lo que digo a veces, tengo un concepto bastante claro de quién soy, cosa que parece faltarles a los demás.
Right-ho. Eso me lleva a otro tema: el uso divertidísimo que del fotochop hacen algunos elementos. Es hilarante. Porque nosotros sabemos que es potochop, y no nos engañan. No engaña a nadie, supongo, salvo a los adictos a mejorarse mágicamente. Que ya es triste. Además, el potochop no te arregla por dentro.
¿Y lo demás? ¿Qué es lo demás? No sé. Si con lo demás nos referimos a mi pequeño mundo, al círculo íntimo de amigos y personas queridas, creo que bien. No sé. Todo se desarrolla con total y agradable normalidad. Y es una alegría, la verdad.